El parqué de casa de mi abuela
Cuento con los ojos el número de
líneas que conforman el parqué de casa de mi abuela, intento estimar aquellas
que están encerradas bajo los muebles resguardadas de la vista y del desgaste.
Setenta, ochenta. Intento contar más rápido y me olvido del número anterior.
Sabía que estaba contando. Vuelvo a empezar. En casa de mi abuela hay más de
ochenta líneas en el parqué del salón, la mitad chirrían cuando alguien las
pisa, un cuarto de ellas están desgastadas por el arrastrar de las sillas y los
sillones, otras están olvidadas bajo los muebles, a esas no las conozco. El
parqué de casa de mi abuela es de color marrón claro, cuando le da la luz del
sol se vuelve anaranjado, prácticamente dorado. No podría describir el suelo
del piso sin mirarlo con los ojos. He crecido con los años, lo he observado
desde todas las alturas y no sería capaz de determinar si el parqué forma
rombos, tejidos geométricos o líneas con disposición de ladrillos. Sin embargo,
se dónde pisar para que no haga ruido, también puedo delimitar el trozo en el
que el sol incide desde las cuatro a las seis de la tarde y el conjunto de
piezas sobre el que mi abuela se coloca para mirar por la ventana en dirección
al colegio frente al que vive. En el parqué de mi abuela el día a día siempre
es el mismo, la costumbre cae sobre cada tabla con el peso de una sentencia y
entre tanto, las navidades se suceden tras los meses de otoño y con ellas más
desgaste, desgaste, desgaste.
Mi abuela no conoce su propio
parqué, ella sabe que hay suelo y que hay tablas, pero vive abstraída en otro
suelo distinto que no es este. En ocasiones la encuentro mirando dispersa el
mismo conjunto que yo, y en lo que yo alcanzo el número ochenta y uno, ella
cuenta en su mente el número de tablones que conformaron el suelo de la casa de
su infancia. Mi abuela no recuerda quien le regaló los zapatos que calza cuando
salimos a pasear, pero recuenta con especial avidez la cantidad de punzadas
necesarias para la elaboración de una colcha de lana merina. Mi abuela no
conoce los tablones que suenan distinto en su casa, pero recuerda el sonido de
los bostezos de su padre al desinflarse y los tablones aflojados que evitaban
el cabreo de su madre. Muchas veces le cuesta recordar que comió ese mismo
mediodía, pero jamás se olvida de como elaborar los caldos que aprendió de
joven. Su cuerpo y su mente han mutado como lo ha hecho el suelo que soporta su
vida hoy, en continuo desgaste frente a otros ojos que no son los suyos.
Existe algo de especial en este
suelo pese a que jamás este será especial para ella, pues yo sigo contando cada
paso y memorizando cada sonido, cada tabla que suena con su caminar - ochenta y
cinco líneas, dos pasos y un crujido - y observo cada gesto sabiendo que lo
olvidaré dentro de poco. Pasado un tiempo pisaré otro suelo y alguien lo
memorizará como yo lo hago. En el sonido de las oquedades bajo el mismo descubriré
en mí, sin reconocerlos, su xeito y su mirar, y volveré a recordar las noventa y
tantas líneas que conforman el parqué de su casa mientras otro suelo
distinto al anterior, de un parqué parecido a este se genera bajo mis pies,
quizá sea ese que nunca se ve, quizá sea este que nunca miro, quizá sea el
situado entre el tablón noventa y nueve y el ciento tres.
J.G.F.

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