Quiero morir en Granada escuchando una guitarra flamenca y mirando a la Alhambra.
El exilio es una operación dolorosa, una extirpación vital e inhumana, es separación prematura de la tierra propia, de las raíces de uno y del futuro soñado del aquel. No existe medicamento que cure la morriña, que se lo digan a nuestra querida Rosalía de Castro para quien su patria se resumía en los paseos matinales que desarrollaba en su amada aldea gallega. No había país en esas tierras, pero si pertenencia, pero si reconocimiento. Había ancestros e historias, había descendencia, flores e hijos que se criarían en las mismas camas, jugando con los mismos juguetes, besándose en las mismas calles, yacerían entonces después de una vida propia compartida enterrados unos encima de otros convertidos en polvo recordado. Lo cierto es que la patria no entiende de países, no es una bandera, ni un himno nacionalista abstracto, la patria es un olor, un lugar, un sentimiento propio compartido. Es la celebración conjunta, tenemos diferencias y lo sabemos, pero paseamos juntos por esta aldea gallega a una hora circunstancialmente apropiada y nos damos la mano. Estamos lejos, no nos conocemos, pero nos echaríamos de menos. Fuera de este paseo, en Nueva York bajo los neones de Broadway, llegaríamos a ser amigos.El exilio no es una frontera, es un acto feroz y triste, una enajenación dolorosa de aquello que forma parte del yo, y que ahora es alimento del recuerdo. Federico García Lorca lo observaba desde la clarividencia del pasado, después de vivir su juventud escribiendo en las calles empinadas de Granada, donde el sonido de la guitarra gitana, el olor a las flores blancas y los rasgos árabes se fundían en unos cuantos versos considerados a la luz del presente, de calidad extraordinaria. Se ensalza la figura de Lorca, pero Lorca no hubiese sido lo mismo sin Granada, sin su Dalí (aunque nos neguemos a aceptar los hechos), sin sus amigos de Madrid; el Madrid lejano y valiente, el teatro español y la placita de Santa Ana en la que aún se le rinde culto. Lo cierto es que Lorca no hubiese sido Poeta en Nueva York, ni hubiese huído de su propio exilio de no sentirse vacío sin su España. Su vida hubiese sido longeva alejada de la tierra natal, no hubiese muerto asesinado con la crueldad del Español débil que exacerba la patria injusta en la que se expulsa al diferente. Si le hubieran dado a elegir entre la vida perdida en la Gran Ciudad con el tintero siempre abierto y Granada, duda no queda de que hubiera elegido su Romancero Gitano. El exilio es el peor castigo para quien ha amado alguna vez la costumbre. La costumbre estructura nuestra realidad, nuestra circunstancia orteguiana. Somos costumbre y cuando el exilio acecha, estamos. Estamos en otro lugar, con otra gente, pero sin nosotros. Nos sentimos, no somos.
El exilio es el peor castigo para quien ha amado alguna vez la costumbre

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